El hada del regaliz
A Helen, por guiarme aquella noche en el punto de inflexión.
El hada del regaliz
Hoy en dÃa parece difÃcil creer que la magia 
existe, pero en raras ocasiones, cuando se conjugan una serie de factores, ésta se hace realidad. Aquella noche de noviembre todos esos ingredientes se mezclaron siguiendo una precisa coreografÃa, y en aquel olvidado y recóndito bosque tapizado de azaleas y tréboles nació nuestra protagonista.
Todo empezó a miles de kilómetros de distancia de la Tierra. Un cometa cruzaba el firmamento navegando por el vacÃo espacial con la elegancia que le brindaba la cadencia de su velocidad de crucero sostenida, unida al más absoluto silencio. Un silencio que se volvió estruendo cuando el cometa se tropezó con un trozo de roca de algún planeta del sistema. La fricción entre los dos cuerpos desprendió una buena cantidad de polvo cósmico que al pasar por el tamiz de la cola del cometa, se transformó en ceniza estelar, e impulsado por el mismo se precipitó hacia nuestro mundo. Pasó del color rojo incandescente que le produjo atravesar las cinco capas de la atmósfera, al azul intenso que le imprimió atravesar las nubes y absorber las moléculas de agua.
Ya en el suelo, posado sobre un trébol de cuatro hojas, los rayos lunares despertaron la vida que habitaba en su interior, y haciendo un gran esfuerzo por romper el minúsculo grano de polvo estelar donde permanecÃa aletargada, un hada de color azul brillante y mirada tierna apareció en nuestro mundo.
-Ummmmmmmmmm ¿Que es ese olor tan rico?. Me muero de hambre.
El olor provenÃa de una planta de regaliz unos metros más allá. Hizo un movimiento rápido con las pequeñas alas, abriéndolas y cerrándolas como queriendo despertarlas y con los ojos cerrados y una gran sonrisa, salió volando en pos de aquel olor que tanto la atraÃa.
Compulsivamente pasaba de una rama a otra dejando un rastro de mordisquitos, sumida en un éxtasis de felicidad que aderezaba tarareando una alegre melodÃa.
Tan distraÃda estaba en su particular festÃn, que no se dio cuenta de la acechante presencia que agazapada la observaba. En un rápido movimiento un ogro salió de la penumbra, con los dientes afilados como puñales y la boca babeante de ansiedad por su presa. De un certero zarpazo arrancó las pequeñas alas del hada, que gritaba de dolor y terror mientras sus ojos decÃan sin palabras -¿por qué?- y la sangre brotaba por la comisura de sus labios.
Con un solo dedo, la mantenÃa inmovilizada, y con la uña de color ocre presionaba el cuello de la diminuta hada atravesando poco a poco su piel y cortando su respiración. Cada vez que tosÃa por la falta de aire, la uña penetraba más y más, en una lenta agonÃa mientras su corta vida se escapaba por aquella herida.
-Vaya vaya- dijo el ogro -esto si que es una sorpresa. Un hada descuidada. ¿Es que no sabes lo apreciada que es tu alma por aquÃ? ¿Ignoras acaso que cualquier criatura que te incorpore a su propio organismo disfrutará del privilegio de tus habilidades mágicas? Pobre ilusa descuidada, acabas de nacer y ya vas a morir, tienes una pinta deliciosa, espero que….
El ogro continuaba con el tÃpico discurso de villano, que cuando tiene todo a su favor, en lugar de terminar de una vez, habla, habla y habla, situación que suele aprovechar el bueno de turno, para salvar a la princesa en apuros, y como la vida esta llena de clichés, esta historia por real, no podÃa ser menos, asà pues, mientras el ogro se regodeaba en su cercana victoria, una nube de ninfas salieron de entre las flores al rescate del hada, cegándole con sus revoloteos, el ogro no acertaba, a base de zarpazos al aire, herir a ninguna de ellas. Unas pocas cogieron al hada y se la llevaron volando de allà a tanta velocidad, que justo cuando acabaron de dejarse oÃr los rugidos malhumorados del ogro, empezaron a divisarse en el horizonte los inconfundibles rascacielos inclinados que formaban parte del skyline de la ciudad.
Entraron por la rendija de una ventana entreabierta al gran edificio que servÃa de hospital. En la habitación habÃa una cuna, y en ella, una preciosa niña con la cara redonda y mofletes sonrosados que sonreÃa todo el tiempo, aferrada a una almohada con su nombre bordado.
“HELEN”
Con mucho sigilo llegaron por debajo de la sabana hasta el ombligo de la pequeña. Y allà dejaron caer al hada, que descendió en espiral por el interior del cuerpecito de Helen hasta llegar a un confortable ricón, donde se quedó dormida.
Las ninfas miraron a la niña desde la ventana antes de cruzarla y se quedaron maravilladas de la luminosidad que lucÃa ahora su rostro y de su mágica sonrisa.
Nada más se supo del hada. Helen creció y vivió como una niña más. Con alegrÃas y con penas, con amores y desamores, a veces con fortuna, otras sin ella, pero siempre acompañada por la misma luminosidad y sonrisa mágicas.
Treinta y pocos años después, el dÃa de su cumpleaños, Helen habÃa quedado con algunos amigos en un bar de aquella ciudad, y charlaba con uno de ellos:
-…que ya lo he intentado tÃa, y me ha dicho que no. El otro dÃa se lo dejé más que claro, pero ella no quiere nada conmigo.
-Tu insiste que ya verás como hoy te dice que si.
-Se va a pensar que soy una acosador, no quiero presionarla más. Si no quiere, es que no quiere.
-¿Un aperitivo de regaliz? -Dijo una sonriente camarera mientras les ofrecÃa una bandeja con golosinas.
-No gracias- respondió él.
-Yo si, que me apetece algo dulce -dijo Helen cogiendo el regaliz, y en ese momento, una inaudible voz en su interior exclamó:
“Ummmmmmmmmm ¿Que es ese olor tan rico?. Me muero de hambre.”
-¿De que habláis chicos? -Preguntó una amiga que se acaba de acercar donde ellos estaban.
-Pues…-respondió Helen con una sonrisa -sinceramente de ti.
-¿De mi?
-De que si tuviera la posibilidad de hacer magia cogerÃa esta varita y dirÃa:
“Que estos dos tontos se quieran el uno al otro”
Y mientras decÃa estas palabras y les tocaba a ambos con el regaliz en el corazón, un resplandor azul la invadió por dentro.
Esa misma noche se enamoraron perdidamente el uno del otro, y con sus almas ya gemelas y sus corazones unidos, son la prueba de que a veces, parece difÃcil creer que la magia existe, pero en raras ocasiones, cuando se conjugan una serie de factores, ésta se hace realidad.
FIN.
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