Relatos-Turista en tu paÃs
Cuando llegué por primera vez a tu paÃs estaba desconcertado. Me embargaba una emoción extrema y el nerviosismo aceleraba mi corazón a ritmo de samba pasionaria.
Lo primero que hice fue observar atentamente todo lo que tenÃa ante mÃ, fotografiando con la mente aquellos parajes tan alucinantes, disfrutando la sensación indescriptible que siento cuando todos estos lugares, se encuentran a mi alcance, y solo tengo que decidir hacia donde voy e ir. Todo a mi alcance, solo para mi.
Pensando en surfear la montaña como colofón final, me decanté por empezar mi periplo en el mar de tu boca. Navegué por tu saliva con la barca de mi lengua, me bañé junto a tu labios, tomé el sol de la esperanza y fui muy feliz.
Partà de allà rumbo sur, adentrándome en el desierto que empieza en tu cuello, hasta llegar a la duna denominada derecha. Una preciosa duna de arena dura, que se eleva cientos de metros en la vertical. Cresteando en Zig Zag fui recorriéndola con paso suave y ascendente hasta coronar el punto geodésico de tu pezón. Allà me sentà un Dios. Si miraba hacia el norte podÃa ver tu perfecta nariz. Si oteaba el horizonte hacia el sur, podÃa ver brillar tu estrella lunar, cerca del turbador sol grabado en tu piel. Disfruté el momento, y dejando el mismo rastro que un caracol, me dirigà más al sur, camino del monte de Venus. No fue una ruta fácil. Cientos de detalles llamaban constantemente mi atención impidiendo que pudiera progresar, me entretenÃa con cada curva, con cada lÃnea, y solo al atravesar tu vientre, tu hipersensibilidad hizo que acelerara la marcha.
Por fin tenÃa ante mà lo que tanto ansiaba. La montaña era preciosa y desafiante y mis ganas de conquistarla solo se podÃan comparar a su belleza.
DecÃan los ancianos del lugar que si esta montaña la escalas con determinada técnica, el Dios QuÃone su protector, te recompensa con una gran nevada. Asà que ni corto ni perezoso y siguiendo esta ancestral técnica, fui explorando todos sus recovecos, sintiendo como el volcán se iba convulsionando a cada paso que daba, mientras su temperatura ascendÃa, casi a la misma velocidad que la mÃa propia. Todo explotó de repente, tus acelerados gemidos acabaron poco a poco y mi escalada a esta gran montaña finalizó con éxito. Ya en la cumbre y como los ancianos habÃan vaticinado, el Dios QuÃone hizo su estelar aparición, y se puso a nevar cubriendo el monte. Todo estaba preparado para deslizarme hacia el valle de la calma donde habita la ternura, destino final de mi apasionante viaje por tu región.
Lo primero que hice fue observar atentamente todo lo que tenÃa ante mÃ, fotografiando con la mente aquellos parajes tan alucinantes, disfrutando la sensación indescriptible que siento cuando todos estos lugares, se encuentran a mi alcance, y solo tengo que decidir hacia donde voy e ir. Todo a mi alcance, solo para mi.
Pensando en surfear la montaña como colofón final, me decanté por empezar mi periplo en el mar de tu boca. Navegué por tu saliva con la barca de mi lengua, me bañé junto a tu labios, tomé el sol de la esperanza y fui muy feliz.
Partà de allà rumbo sur, adentrándome en el desierto que empieza en tu cuello, hasta llegar a la duna denominada derecha. Una preciosa duna de arena dura, que se eleva cientos de metros en la vertical. Cresteando en Zig Zag fui recorriéndola con paso suave y ascendente hasta coronar el punto geodésico de tu pezón. Allà me sentà un Dios. Si miraba hacia el norte podÃa ver tu perfecta nariz. Si oteaba el horizonte hacia el sur, podÃa ver brillar tu estrella lunar, cerca del turbador sol grabado en tu piel. Disfruté el momento, y dejando el mismo rastro que un caracol, me dirigà más al sur, camino del monte de Venus. No fue una ruta fácil. Cientos de detalles llamaban constantemente mi atención impidiendo que pudiera progresar, me entretenÃa con cada curva, con cada lÃnea, y solo al atravesar tu vientre, tu hipersensibilidad hizo que acelerara la marcha.
Por fin tenÃa ante mà lo que tanto ansiaba. La montaña era preciosa y desafiante y mis ganas de conquistarla solo se podÃan comparar a su belleza.
DecÃan los ancianos del lugar que si esta montaña la escalas con determinada técnica, el Dios QuÃone su protector, te recompensa con una gran nevada. Asà que ni corto ni perezoso y siguiendo esta ancestral técnica, fui explorando todos sus recovecos, sintiendo como el volcán se iba convulsionando a cada paso que daba, mientras su temperatura ascendÃa, casi a la misma velocidad que la mÃa propia. Todo explotó de repente, tus acelerados gemidos acabaron poco a poco y mi escalada a esta gran montaña finalizó con éxito. Ya en la cumbre y como los ancianos habÃan vaticinado, el Dios QuÃone hizo su estelar aparición, y se puso a nevar cubriendo el monte. Todo estaba preparado para deslizarme hacia el valle de la calma donde habita la ternura, destino final de mi apasionante viaje por tu región.
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