Textos y Relatos: Love Club
Love Club
Entré en aquel sitio sin pedirlo. Ningún portero controlaba la entrada, mucho más difÃcil serÃa conseguir salir de allÃ.
Atravesando un oscuro corredor llegué hasta la luz que se veÃa al final del mismo. Me encontraba en la sala central donde todo lo bueno y lo malo se cocÃa.
Se presentaba ante mi la comedia de la vida, con todos los estereotipos representados, el espectáculo estaba a punto de comenzar y yo era el protagonista principal.
Me mezclé dubitativo entra la gente que abarrotaba la sala buscando lo que todos buscaban, con la inocencia que da la inmadurez, sin sopesar las consecuencias ni sospechar la posibilidad del fracaso.
En lo alto, en la cabina de música no veÃa a nadie, tan solo intuÃa levemente una presencia, alguien que manejaba los hilos de lo que pasaba en aquel recinto, jugando con los presentes a su antojo con cierta socarronerÃa mundana.
El murmullo se ocultó bajo el sonido del primer tema, los destellos que desprendÃa la bola de espejos del techo transmitÃan cierto calor reconfortante y todo el mundo empezó a bailar la coreografÃa que de cada uno se esperaba.
Unos minutos antes un personaje disfrazado de monje, habÃa repartido las tarjetas de los roles en sobres lacrados. Abrà el mÃo, “romántico”, dictaba.
Nunca he sido muy decidido, asà que cuando quise darme cuenta, los presentes se habÃan emparejado unos con otros casi al instante de sonar la primera canción.
Observé una chica al fondo bailando sola. Esta es la mÃa me dije. Camine con decisión, pero cuando llegué junto a ella la música cesó, miré hacia la cabina, luego la miré a ella otra vez, ya no estaba.
Algo contrariado la busqué entre la multitud. Ni rastro.
La música volvió a sonar estruendosamente. Una mezcla rara de Tecno con Amaral que no me dejaba pensar con claridad. Sentà un pequeño mareo y tropecé con una rubia. Era peligrosamente atractiva, sus ojos de azul mar intenso me embaucaron y bailé a su son durante muchas horas. Descubrà al pasar el tiempo que pertenecÃa al mundo de la noche, pero ya era tarde para mi. Ese mundo de perversión psicotrópica reventó nuestro momento, hasta tal punto que pese a que bailábamos muy pegados, nos encontrábamos en niveles diferentes de percepción y la alegrÃa inicial fue deteriorándose hasta ser pena y crueldad, mas separar su cuerpo del mÃo se me hizo imposible hasta que apareció él. Un tipo rudo y charlatán, con los mismos gustos por aquellas sustancias que ella. Se fueron juntos al servicio a calmar su ansiedad artificial y en ese mismo instante la música se tornó en tango.
- ¿Che rubión no bailás?
Mirando con nostalgia la puerta del servicio contesté con despecho y alivio -¡Claro que sÃ!
Bailamos durante algo más de tres horas. Un baile largo y sensual, su cuerpo junto al mÃo, sus pezones eran puñales clavándose en mi pecho, sus palabras vacÃas de verdad me embelesaban, hasta que noté que el tanga azul que sobresalÃa por encima de la minifalda habÃa desaparecido. Sospechando de la cruda realidad, en un descuido, abrà su bolso, saque su sobre lacrado y leà su rol, “puta”, decÃa.
Aprovechando aquel descuido corrà todo lo que pude hasta la otra esquina del local, nunca más volvà a verla, ahora la música que sonaba era fusión.
Ya cansado de tanto cambio de pareja, me disponÃa a abandonar el local cuando la encontré por casualidad, como se descubren los grandes descubrimientos. Tras intentar llamar su atención ante mi aparente invisibilidad, conseguà un baile, una última oportunidad que no desaproveché. Utilizando los mejores trucos que habÃa aprendido, incluido mi secreto movimiento de nalgas, provoqué su hilaridad y pude contemplar la sonrisa más fascinante que nunca habÃa visto. Y asà bailamos el resto de la noche, rodeados de extraños y solos a la vez, en nuestro particular universo.
Mis pies volaban suspendidos en una nube de felicidad, sus ojos negros, penetrantes, me inspiraban tranquilidad y seguridad, no era atractiva, el adjetivo correcto es preciosa, su alma pura me contagiaba de buenos sentimientos, recuperé la confianza en mà mismo y en los demás, y sumidos en un éxtasis amoroso de complicidad, acabó la noche transfiriéndome parte de su excepcional aura por medio de la unión de nuestros cuerpos y espÃritus, en la noche más mágica que nunca habÃa vivido.
Al dÃa siguiente volvà a entrar en el local de su brazo. Henchido de orgullo y desafiante, miré hacia la cabina vacÃa y grité con decisión:
Entré en aquel sitio sin pedirlo. Ningún portero controlaba la entrada, mucho más difÃcil serÃa conseguir salir de allÃ.
Atravesando un oscuro corredor llegué hasta la luz que se veÃa al final del mismo. Me encontraba en la sala central donde todo lo bueno y lo malo se cocÃa.
Se presentaba ante mi la comedia de la vida, con todos los estereotipos representados, el espectáculo estaba a punto de comenzar y yo era el protagonista principal.
Me mezclé dubitativo entra la gente que abarrotaba la sala buscando lo que todos buscaban, con la inocencia que da la inmadurez, sin sopesar las consecuencias ni sospechar la posibilidad del fracaso.
En lo alto, en la cabina de música no veÃa a nadie, tan solo intuÃa levemente una presencia, alguien que manejaba los hilos de lo que pasaba en aquel recinto, jugando con los presentes a su antojo con cierta socarronerÃa mundana.
El murmullo se ocultó bajo el sonido del primer tema, los destellos que desprendÃa la bola de espejos del techo transmitÃan cierto calor reconfortante y todo el mundo empezó a bailar la coreografÃa que de cada uno se esperaba.
Unos minutos antes un personaje disfrazado de monje, habÃa repartido las tarjetas de los roles en sobres lacrados. Abrà el mÃo, “romántico”, dictaba.
Nunca he sido muy decidido, asà que cuando quise darme cuenta, los presentes se habÃan emparejado unos con otros casi al instante de sonar la primera canción.
Observé una chica al fondo bailando sola. Esta es la mÃa me dije. Camine con decisión, pero cuando llegué junto a ella la música cesó, miré hacia la cabina, luego la miré a ella otra vez, ya no estaba.
Algo contrariado la busqué entre la multitud. Ni rastro.
La música volvió a sonar estruendosamente. Una mezcla rara de Tecno con Amaral que no me dejaba pensar con claridad. Sentà un pequeño mareo y tropecé con una rubia. Era peligrosamente atractiva, sus ojos de azul mar intenso me embaucaron y bailé a su son durante muchas horas. Descubrà al pasar el tiempo que pertenecÃa al mundo de la noche, pero ya era tarde para mi. Ese mundo de perversión psicotrópica reventó nuestro momento, hasta tal punto que pese a que bailábamos muy pegados, nos encontrábamos en niveles diferentes de percepción y la alegrÃa inicial fue deteriorándose hasta ser pena y crueldad, mas separar su cuerpo del mÃo se me hizo imposible hasta que apareció él. Un tipo rudo y charlatán, con los mismos gustos por aquellas sustancias que ella. Se fueron juntos al servicio a calmar su ansiedad artificial y en ese mismo instante la música se tornó en tango.
- ¿Che rubión no bailás?
Mirando con nostalgia la puerta del servicio contesté con despecho y alivio -¡Claro que sÃ!
Bailamos durante algo más de tres horas. Un baile largo y sensual, su cuerpo junto al mÃo, sus pezones eran puñales clavándose en mi pecho, sus palabras vacÃas de verdad me embelesaban, hasta que noté que el tanga azul que sobresalÃa por encima de la minifalda habÃa desaparecido. Sospechando de la cruda realidad, en un descuido, abrà su bolso, saque su sobre lacrado y leà su rol, “puta”, decÃa.
Aprovechando aquel descuido corrà todo lo que pude hasta la otra esquina del local, nunca más volvà a verla, ahora la música que sonaba era fusión.
Ya cansado de tanto cambio de pareja, me disponÃa a abandonar el local cuando la encontré por casualidad, como se descubren los grandes descubrimientos. Tras intentar llamar su atención ante mi aparente invisibilidad, conseguà un baile, una última oportunidad que no desaproveché. Utilizando los mejores trucos que habÃa aprendido, incluido mi secreto movimiento de nalgas, provoqué su hilaridad y pude contemplar la sonrisa más fascinante que nunca habÃa visto. Y asà bailamos el resto de la noche, rodeados de extraños y solos a la vez, en nuestro particular universo.
Mis pies volaban suspendidos en una nube de felicidad, sus ojos negros, penetrantes, me inspiraban tranquilidad y seguridad, no era atractiva, el adjetivo correcto es preciosa, su alma pura me contagiaba de buenos sentimientos, recuperé la confianza en mà mismo y en los demás, y sumidos en un éxtasis amoroso de complicidad, acabó la noche transfiriéndome parte de su excepcional aura por medio de la unión de nuestros cuerpos y espÃritus, en la noche más mágica que nunca habÃa vivido.
Al dÃa siguiente volvà a entrar en el local de su brazo. Henchido de orgullo y desafiante, miré hacia la cabina vacÃa y grité con decisión:
-¡Tócala otra vez Sam!
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